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miércoles, 18 de diciembre de 2013

LA DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS NO ES UNA ESTRATEGIA POLÍTICA
(12-18-13-2:15PM)
Por Frank Escobar-Exclusivo para Nuevo Acción
“Andaba por mi barrio, que está en el centro de la Habana, allí nadie sabía lo que significa el día 10 de diciembre. La vida continuaba imperturbable, mientras la represión arreciaba en el Vedado. Nadie se enteró de ello. Los opositores no tenemos poder de convocatoria entre la población, eso es un hecho”, se lamenta el periodista independiente Julio Cedeño Negrín y tiene toda la razón.
La fecha del 10 de diciembre conmemora internacionalmente el “Día de los Derechos Humanos”.  La Declaración Universal de los Derechos Humanos nació en el seno de un comité internacional de la ONU presidida por Eleonor Roosevelt en 1948. Se adoptó después de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial y, por tanto, es un reflejo de su tiempo. Los Derechos Humanos han sido definidos como la «religión de la humanidad» para la escritora sudafricana y Premio Nobel de Literatura Nadine Gordimer y como una «religión mundial» por el máximo representante del “holocausto judío” Elie Wiesel.
Los derechos humanos –declara el filósofo liberal John Rawls– no son consecuencia de una filosofía particular ni de una forma, entre otras, de ver el mundo. No están ligados sólo a la tradición cultural de Occidente, así haya sido en el interior de ésta donde fueron formulados por primera vez. Derivan simplemente de la definición de justicia”.  Para Michael Ignatieff es inútil buscar, en la naturaleza humana, una justificación de los derechos, y tampoco es necesario decir que tales derechos son «sagrados». Basta con tomar en cuenta lo que los individuos estiman, en general, que es justo. William F. Schulz, director ejecutivo de Amnistía Internacional, asegura igualmente que los derechos humanos son sólo aquello que los hombres declaran ser derechos. A. J. M.Milne intenta fundar los derechos humanos en un «standard mínimum» determinado por ciertas exigencias morales propias de cualquier vida social. Rick Johnstone escribe que «los derechos humanos no ‘ganan’ porque sean ‘verdaderos’, sino porque la mayoría de la gente ha aprendido que son mejores que otros». Estas modestas proposiciones, de carácter pragmático, son poco convincentes. Considerar que los derechos son nada más lo que la gente estima es además de trivial, peligroso y esconde agendas manipulativas.
“La paradoja de los derechos humanos” –escribe Paul Piccone–“consiste en que su despliegue implica la erosión y la destrucción de las condiciones (tradiciones y costumbres) sin las cuales su puesta en marcha se volvería, precisamente, imposible”. Como su nombre lo indica son derechos, es decir su esencia es jurídica, no politica. Son condicionamientos morales que distinguen a los seres humanos como individuos con derechos “naturales” que se establecen jurídicamente por acuerdos internacionales, es decir, sus bases no son inalienables sino negociables. Se refieren a individuos aislados no pertenecientes a comunidades ni grupos sociales, ni siquiera son “republicanos”, es decir no son exclusivos de la “res publica” sino de cualquier sistema de organización politica. Los tan famosos derechos humanos son “una ideología de carácter jurídico fundada en el derecho”, cuyo fundamento objetivo brilla por su ausencia. Es por ello que un pensador del derecho y la política como Julien Freund ha podido afirmar: “Toda reflexión coherente sobre los derechos del hombre no ha sido establecida científicamente sino dogmáticamente”.
La reducción ”de lo justo a la ley” ha hecho también que pensadores como el filósofo existencialista Karl Jaspers basándose en un derecho que se funda en el legalismo judaico, sostenga la autenticidad de “culpas colectivas y comunitarias”-como la del pueblo alemán y Núremberg con los “crímenes contra la humanidad”- en donde no se puede aplicar el: “a cada uno lo suyo” sino sólo “el imperativo de la ley moral, solapadamente simulada como ley positiva”. La consecuencia de ello es lo que se ha dado en llamar ”la industria del Holocausto”, denunciada valientemente por el profesor Norman Filkenstein de la Universidad de Nueva York: “ a partir de la teoría de las culpas colectivas de las unidades políticas unos pocos judíos usufructúan la muerte de muchos. La comunidades políticas o los estados-nación son inimputables, los que son responsables son sus representantes políticos. Las culpas, si las hay, en las sociedades políticas son de los representantes, aquellos que dirigen dichas sociedades, que las orientan a sus fines y que arbitran los medios”.
La formación de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU (de la que EEUU ya no es miembro, pero de la que Cuba si es en estos momentos y Libia la han presidido anteriormente) demuestra que aquella corriente que pretendía establecer un robusto sistema de derechos reconocidos internacionalmente, se ha deformado terriblemente. Porque ¿cómo puede uno tomar en serio a un movimiento que convierte a Cuba en custodio de los Derechos Humanos? El problema radica en que el movimiento por los Derechos Humanos está muy influido por la Izquierda y van mucho más lejos de la determinación de ciertos patrones mínimos de conducta civilizada en los que la gente piensa cuando se habla de "violaciones de los derechos humanos". En nombre de estos derechos, se apoya la consecución por imperativo legal de un programa ideológico izquierdista. De este modo, la Declaración sugiere un punto de vista, bastante común en el doctrinario ideológico de izquierdas, que afirma la existencia de un orden universal de las cosas contra el que toda oposición debe prohibirse: "Toda persona tiene derecho a un orden social internacional en el que los derechos y libertades que se afirman en esta Declaración, puedan realizarse completamente". La importancia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y del movimiento que la respalda no es, sin embargo, simple retórica. Un detalle asombroso del documento es el hecho de que no se protege a quienes se sitúen en una posición contraria a la ONU, tal y como se deduce del artículo 29, párrafo 3 : "Estos derechos y libertades no se podrán ejercer, en ningún caso, en oposición a los propósitos de las Naciones Unidas".
“En definitiva”- escribe el metapolítico argentino Alberto Buela (foto de la izquierda)- “ la política de los derechos humanos vigente hoy está dirigida exclusivamente a la construcción de un mundo único y homogéneo. Cuando los derechos humanos reciben su declaración explícita en la carta de las Naciones Unidas en 1948 todavía tenían como fundamento el hecho de ser una verdad reconocida libremente por todos, pues la misma era inherente a todo ser humano. Hoy, a partir de la “ética del consenso” pregonada por Habermas y la vieja escuela neo marxista de Frankfurt, así como por “la teoría de la justicia”, del liberal noramericano John Rawls, los derechos humanos son definidos por la voluntad consensuada de aquellos que deciden, y no por estar atados a la naturaleza de la persona humana. Este cambio es gravísimo porque siguiendo este procedimiento cualquier elemento o situación puede ser presentado como un “nuevo derecho humano”. El “derecho” a la eutanasia, al género, al aborto, al infanticidio, al matrimonio de los homosexuales”…
"Los derechos humanos fundados como derechos de la persona (y no del individuo)- continúa el filósofo Alberto Buela- "rescatarían al mismo tiempo la dimensión íntima de la unicidad vivida, lo que exige el respeto a la más elemental forma de vida humana, y la dimensión social del hombre, que sólo se puede comprender plenamente en el “rostro del otro” que es lo mismo que decir en el “otro como persona”. Esta es la forma de romper la idea de simulacro, del “como sí” kantiano, que es la que gobierna nuestras relaciones sociales y políticas en esta totalitaria y cruel dictadura del “se dice o se piensa”, de los policías del pensamiento único bajo el que vivimos.”
El polémico filósofo español, Gustavo Bueno, también nos alerta: “Así, a los derechos humanos tenemos que buscarle un anclaje en las necesidades de los pueblos y de los hombres que los integran que es muy diferente al basamento que hoy se les otorga, como es el consenso de los poderosos, de los lobbies, que cuanto más fuerte son más los derechos que poseen o logran.”..“Nosotros a esto vamos a anteponer el derecho de los pueblos y buscarle una fundamentación acorde a nuestra realidad y necesidades”.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos es el resultado del comité heterogéneo que se encargó de redactarla. Pero en el fondo el resultado es muy coherente: fundamentalmente estatista y aunque ambivalente deja bien claro cuáles son sus principales ideas. Afirma que sus principios son de máxima importancia, es decir, sus dogmas son axiomáticos hasta el punto de que, en ocasiones, se emplea un lenguaje totalitario. Partiendo de las “”Cuatro Libertades de FDR en el New Deal”, la Declaración Universal de los Derechos Humanos se afana en combinar la tradición anglosajona de los derechos como limitación al poder del gobierno con el concepto de la Europa Occidental de los derechos como poderes del gobierno. La primera, ejemplificada en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, donde se  interpretan tales derechos como restricciones a la influencia nociva del gobierno sobre los individuos: “el poder no debe interferir en la libertad de expresión ni de credo, debe respetar la propiedad privada, debe seguir los procedimientos establecidos por la ley”, etc. La segunda, que otorga al gobierno la misión de construir el entorno en el que los ciudadanos vivirán y, por tanto, que se centra más bien en la educación, la seguridad social, la vivienda, etc. Los llamados ahora derechos de segunda generación.  Estos dos enfoques son muy distintos. Uno de ellos afirma que el gobierno debe dejar vivir en paz a los ciudadanos y, el otro, que el gobierno es responsable y tiene que construir el marco social en el que los ciudadanos puedan tener una existencia satisfactoria. El primero trata al gobierno como algo intrínsecamente peligroso e intenta proteger a los ciudadanos de su mala influencia. El segundo lleva a un sistema abierto de control social-el estado socialista de bienestar europeo- que, inevitablemente, choca con la tradición anglosajona de las libertades civiles y que es, de hecho, un caldo de cultivo idóneo para el totalitarismo. Cuando ambos conceptos se enfrentan siempre acaba ganando el más compacto que es el más centralista, el de la Comunidad Europea continental, dado que concede más poder al gobierno y esto se inserta en las corrientes de pensamiento mundialista. El Movimiento por los Derechos Humanos que debía haber sido una corriente nueva que evitara la repetición de los  horrores pasados, limitando sobre todo el poder del gobierno para huir del  totalitarismo, termino convirtiéndose en un movimiento predominantemente estatista. “Al identificar la defensa de los derechos humanos con la defensa de los valores occidentales –escriben René Gallissot y Michel Trebitsch–“ una nueva ideología, más insidiosa y más sutil, una ideología soft, permite sustituir el maniqueísmo Este-Oeste, nacido de la guerra fría, por un maniqueísmo Norte-Sur con el que la libertad occidental espera rehacer su virginidad.” «Una doctrina universalista ineluctablemente evoluciona hacia fórmulas equivalentes al partido único», diría el filósofo estructuralista Claude Levi-Strauss.
“Ya desde 1980,-cuenta Alain de Benoist (en la foto)- en un artículo que hizo época, Marcel Gauchet precisamente había afirmado «los derechos humanos no son política». Allí los definía en los siguientes términos: el más grande peligro que entraña el retorno a los derechos humanos es caer en el callejón sin salida del pensamiento del individuo contra la sociedad, sucumbir a la vieja ilusión de que se puede fundamentar al individuo y sólo partir de él, de sus exigencias y de sus derechos, se puede llegar hasta la sociedad. Como si se pudiera escindir la búsqueda de la autonomía individual del esfuerzo de una autonomía social.  Los derechos humanos –concluye– no son políticos en la medida en que no provienen del conjunto social en el que se insertan. Sólo pueden volverse política a condición de que se sepan reconocer, y de que se proporcionen, los medios para remontar la alienante dinámica del individualismo a la que conducen como su contraparte natural. La democracia de los derechos es una democracia trunca que pierde de vista la dimensión propiamente política de la democracia; olvida el hecho de la comunidad política, hecho a cuyo nivel se juega, en última instancia, la existencia de la democracia […] La instalación del sujeto de derecho individual con la plenitud de sus prerrogativas implica el ocultamiento del sujeto político colectivo de la democracia”…” Una segunda paradoja proviene de la dificultad que hay al pretender que los derechos humanos deben prevalecer sobre el derecho positivo, de suerte que todo poder político debe comenzar por reconocerlos, admitiendo, a la vez, que la validez práctica de tales derechos depende de la capacidad del mismo poder político para aplicarlos”.
Es Hannah Arendt, quien demuestra “que establecer al hombre como abstracción pura era incrementar su vulnerabilidad. La paradoja implícita en la pérdida de los derechos humanos” –escribe–“ es que cuando ésta sobreviene y la persona se convierte en un ser humano genérico […] no representa a nadie más que a su propia y absolutamente única individualidad que, ante la ausencia de un mundo común donde se pueda expresar y sobre el que puede intervenir, pierde cualquier significación”…” la paradoja de los derechos abstractos que, al declinar los derechos de una humanidad sin apego, corren el riesgo de privar de identidad a quienes son, precisamente, víctimas del desarraigo impuesto por los conflictos modernos”. Un mundo donde todos “valen” no es un mundo donde «nada vale una vida», sino un mundo donde una vida no vale nada. Esa terrible soledad y abandono es el que sufre hoy el escritor Angel Santiesteban Prats, preso injustamente y privado del “derecho” de ser un ”prisionero de conciencia”-como también se encuentra el freedom fighter Armando Sosa Fortuny (foto de arriba a la izquierda)- por ese “subjetivismo sin fundamento” que son los Derechos Humanos de la ONU, Amnistía Internacional y otras organizaciones afines, y que lo ha llevado a exclamar  desde lo más profundo de su ergástula: “ en ese mismo instante que suceden las golpizas y los arrestos, otros ven una película, abren una cerveza, observan a sus hijos comer helados, y sonríen satisfechos, piensan que ya alcanzaron sus derechos, ¡ya cumplieron con José Martí!”.
Como nos define el filósofo de la nueva derecha francesa Alain de Benoist: “La cuestión no es, por supuesto, abandonar la defensa de las libertades que esboza la ideología de los derechos humanos, y menos aún de criticar esta última para legitimar el despotismo. Se trata, por el contrario, de mostrar que la necesaria lucha contra todas las formas de tiranía y opresión es una cuestión fundamentalmente política y, como tal, debe resolverse políticamente. En otras palabras, se trata de abandonar la esfera jurídica y el terreno de la filosofía moral para afirmar que el poder de la autoridad política debe ser limitado no porque los individuos gocen por naturaleza de derechos ilimitados, sino porque una entidad política donde reina el despotismo es una mala sociedad política; también se trata de afirmar que la legitimidad de resistir a la opresión no deriva de un derecho innato sino de la necesidad que tiene la autoridad política de respetar la libertad de los miembros de la sociedad; en suma, se trata de que los hombres deben ser libres no porque «tienen el derecho» sino en virtud de que una sociedad donde se respetan las libertades fundamentales es políticamente mejor –y además moralmente preferible– que una sociedad donde no se respetan “
“ Por otro lado- continua Alain de Benoist-“ la libertad individual jamás se cumple en una sociedad que no es libre, lo que conduce a decir que no hay libertad privada sin libertad pública. «La finalidad de los antiguos consistía en compartir el poder social entre los ciudadanos de una misma patria», escribió Benjamín Constant. Lo que significa que la libertad misma es, por principio, un problema político –y no un problema de «derechos». Dicha libertad precede y condiciona la justicia, en lugar de ser su resultado.”
“Toda la historia de la modernidad –dice el filósofo de la “Selva Negra” Martin Heidegger– es la historia del despliegue de la metafísica de la subjetividad.  El subjetivismo conduce obligadamente al relativismo (todo se vale), llegando así a la conclusión igualitaria del universalismo (todos valen). El relativismo no puede ser superado más que por el arbitrio del yo (o de nosotros): mi punto de vista debe prevalecer por la única razón de que es mío (o porque es nuestro). Las nociones de justicia y de bien común se hunden con la misma inercia”.
Norberto Bobbio, finalmente, sostiene que fundar filosófica o argumentativamente los derechos humanos es algo sencillamente imposible y, para colmo, inútil. Justifica su opinión al corroborar que los derechos humanos, lejos de formar un conjunto coherente y preciso, tuvieron históricamente un contenido variable. También admite que muchos de estos derechos pueden contradecirse entre sí, y que la teoría de los derechos humanos choca contra todas las aporías del fundacionismo, pues jamás se podría establecer ningún consenso en torno a los postulados iniciales.
Para concluir, la historia ha demostrado que los derechos humanos no pueden ser invocados más que allí donde ya han sido reconocidos (la democracia americana por ejemplo), en las culturas y los países que ya han interiorizado sus principios (la Comunidad Europea) –o sea, allí donde, teóricamente, no debería haber necesidad de invocarlos. La cuestión de las libertades no se resolverá jamás en términos de derecho o de moral porque es, sobre todo, un asunto político. Tiene que resolverse políticamente.

domingo, 1 de diciembre de 2013

LA ESTRATEGIA DEL DISENSO FRENTE A LA ESTRATEGIA DE LA DISTRACCIÓN
(12-1-13-:1:30PM)
Por Frank Escobar (Especial para Nuevo Acción)
Un elemento primordial de la ingeniería  social en la era de la globalización es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas más importantes mediante la técnica del diluvio o inundación continua de distracciones,  de informaciones insignificantes y de tácticas mercadotécnicas que generan miedo, depresion o anesteciamiento. La estrategia de la distracción -que ha sido ampliamente estudiada por el semiólogo Noam Chomsky  a pesar de su “lateralización siniestra”- es igualmente indispensable para impedir que la gente se interese por cuestiones esenciales  como la politica, la economía y la cultura. La ausencia de conocimientos esenciales en esas áreas genera el desinterés y propicia el adoctrinamiento del mercado de consumo: la gente adoctrinada por los medios de comunicación se acostumbra a comprar lo que no necesita  y paga con el dinero que no tiene, lo que le crea un complejo de culpa que la atemoriza y desvía su atencion de cosas esenciales para enfocarse únicamente en sus problemas económicos personales. El individuo aislado e irresoluto se entrega pasivamente al consumo de la televisión. Chomsky en sus propias palabras: “mantener la atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, sin darle tiempo para pensar; de vuelta a la granja con los otros animales.” La televisión y la radio  se convierten  entonces en las armas de manipulación y de control de  masas.
El  principio básico del “integrismo mediático” consiste en inundar al público de información inútil. Esta estrategia del entretenimiento con la “máscara de noticia” se aplica en primer lugar a los noticieros de televisión y a los “talk shows” políticos,  que presumen  ser las principales  fuentes de información pública. “Actualmente los noticieros de televisión apenas contienen información ni noticias relevantes, sino que la mayor parte del tiempo emiten reportajes anecdóticos, de hechos diversos y eventos intrascendentes más propios de una revista televisada que de una agencia de noticias. Para la mayoría de los que se disponen a ver el televisor, lo que se ve en la pantalla es en realidad lo que pasa, se le ha fabricado  una realidad virtual, mediante la selección artificial de temas y el uso calculado de las emociones para impedir la comprensión y el análisis.
La memoria humana funciona en base a una esquematización, jerarquización y organización de la información, sin embargo  las noticias en televisión se presentan de una forma grotesca, desorganizada y poniendo al mismo nivel noticias de importancia desigual: un hecho trágico sensacionalista –crónica roja- un poco de política “logarítmica”, mucho deporte, poca cultura, un tema social patético, un detallado “análisis” de frivolidades locales, noticias sobre un personaje de farándula usado de “paradigma”- crónica social-,  algún chisme diverso, luego de nuevo política “sin traducir” ….El objetivo parece ser que el televidente haga la  peor memorización posible de la información. Que solo recuerde “su memoria emotiva”- casi siempre sensiblera y patética- para  obtener una población “amnésica” que sea incapaz de relacionar hechos o de asumir o crear corrientes de opinión. “Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente neutralizar el sentido crítico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o a inducir determinados comportamientos.”
Ahora pasemos a los “talk shows” políticos, esos  espacios televisivos que se han convertido en las grandes factorías de homogeneización de la cultura y lobotomización del pensamiento político, con el apoyo de las nuevas redes sociales  y la complicidad de los “intelectuales del consenso”.  Aquellos a quienes se refería José Antonio: “Aquí están los ridículos intelectuales, henchidos de pedantería. Son la descendencia, venida a menos, de aquellos intelectuales que negaron la movilidad de la tierra y su redondez, y la posibilidad del ferrocarril, porque todo ello pugnaba con las fórmulas. ¡Pobrecillos! ¿Cómo van a entender –a través de sus gafas de miopes- el atisbo aislado de la luz divina? Lo que no cabe en sus estrechas cabezas creen que no puede existir. ¡Y encima se ríen con aire de superioridad”.
Ese consenso y esa homogeneidad pretenden hoy abarcar incluso todo el espectro político, incluyendo a las instituciones y son el fundamento de las decisiones, las acciones y las opciones hasta de los que gobiernan. El éxito político de hoy depende exclusivamente del volumen de dinero que se le pague a los medios masivos de difusión que “programan” la conducta de los electores. Pero la opción democrática se rebela y sigue  afirmando que no, que en la democracia americana como en el estado federalista sobre el que se sustenta  es posible la crítica, la heterogeneidad y el disenso.  La democracia americana, pluralista y competitiva, se basa precisamente en la garantía del “disenso”, lo que implica el reino de la crítica, el respeto hacia una cultura política heterogénea, y a la posibilidad de disentir con aquellos que ejercen el poder sin quedar por ello fuera del sistema sino, por el contrario, siendo reconocidos como parte orgánica y necesaria del mismo.
El brillante senador cubanoamericano por el gran estado de Texas, Edward “Ted” Cruz  (foto de la izquierda)lo define asi: “ es suficiente el consenso sobre las "reglas básicas del juego": sobre las instituciones creadas para disciplinar los conflictos y proteger los derechos y libertades de las personas y los grupos sobre la base del principio de mayoría atenuado por las garantías a las minorías, pudiendo haber disenso, y por ende posibilidad de cambio, sobre todo el resto, sin que sea cuestionada por ello la legitimidad democrática, sino por el contrario, exaltada en la medida en que ese disenso tiene vigencia efectiva.”

Alberto Buela,  metapolítico y filósofo argentino,  que  ha dedicado la mayor parte de su vida a lo que él ha definido como la teoría del disenso lo define asi: “El disenso niega el monopolio de la productividad de sentido a los grupos o lobbies de poder, para reservarla al pueblo en su conjunto, más allá de la partidocracia política. La alternativa hoy es situarse más allá de la izquierda y la derecha. Consiste en pensar a partir de un arraigo, de nuestro “genius loci” dijera Virgilio. Y no un arraigo cualquiera sino desde las identidades nacionales, que conforman las ecúmenes culturales o regiones que constituyen hoy el mundo. Con esto vamos más allá incluso de la idea de estado-nación, en vías de agotamiento, para sumergirnos en la idea política de gran espacio y cultural de ecúmene. Desde estas grandes regiones es desde donde es lícito y eficaz plantearse el enfrentamiento a la globalización o americanización del mundo. Hacerlo como pretende el progresismo desde el humanismo internacional de los derechos humanos, o desde el ecumenismo religioso como ingenuamente pretenden algunos cristianos, es hacerlo desde un universalismo más. Con el agravante que su contenido encierra un aspecto de loable, pero vacuo, inverosímil y no eficaz a la hora del enfrentamiento político. Pero este enfrentamiento se está dando igual, a pesar de la falencia de los pensadores en no poder elaborarlo aún, a través del surgimiento de los diferentes populismos… 
En Cuba o más bien siguiendo a Alberto Buela en el “ecúmene de la cubanidad” se ha ido estableciendo la” conspiración del consenso” y la ausencia de medios de comunicación masiva auténticamente cubanos ha permitido que el proceso de homogeneización y adoctrinamiento -en detrimento de nuestros valores nacionales- a favor del “melting pot” del “hispanamiento” como mascarón de proa para que el “concordato” o la conjura con los neo castristas vaya viento en popa. La ambivalencia y el oportunismo de las figuras líderes de la “radio anticastrista” que hoy rinden pleitesía al obamista Saban- un “Soros” pequeño y amo de Univisión- por “unas monedas más” permite que entre otros ejemplos se hagan programas típicos de “Radio Aruca” como el presentado por Gustavo Godoy y Jose Manuel Pallí en “Radio Mambí” esta semana. La ausencia de una elite nacionalista, la cultura de nuevo rico y la insaciable codicia en pos del dinero de los cubanos más aventajados politica o económicamente nos ha dejado desarmados y débiles a expensas de nuestros peores enemigos.
"A menudo," escribe Friedrich von Hayek, "sólo los muy ricos pueden permitirse nuevos productos o gustos. . . ." La contribución más importante de la gran riqueza, sin embargo, es que libera a su poseedor de la búsqueda del dinero para que pueda perseguir objetivos no materiales. Liberado del trabajo y de la carrera de ratas por los bienes materiales, los ricos ociosos” - una frase que Hayek busca reclamar como un hecho positivo-“ pueden dedicarse a patrocinar las artes, a la subvención de causas nobles como la abolición o la reforma penal, fundando nuevas entidades filantrópicas y las instituciones culturales."
"Los nacidos en la riqueza son especialmente importantes : no sólo son los beneficiarios de la más alta cultura y de los valores más nobles que se han transmitido a través de generaciones” - Hayek insiste en que vamos a tener una mejor elite si permitimos que los padres pasen sus fortunas a sus hijos-“ porque si se requiere de una clase dirigente para empezar de nuevo con cada generación esto es una receta para el estancamiento, por tener que reinventar la rueda constantemente, siempre se necesita a los que son inmunes a la tentación del dinero . . . .”
"Los hombres del capital , en otras palabras, se entienden mejor no como magnates económicos, sino como legisladores culturales : Por muy importante que el dueño de la propiedad independiente pueda ser para el orden económico de una sociedad libre , su importancia es tal vez aún más importante en el campo del pensamiento y la opinión, los gustos y creencias " .
Hace más de sesenta años el eminente hematólogo italiano Gustavo Pitaluga-que como Orestes Ferrara se quedó a vivir en Cuba-se lamentaba en su esencial libro sobre Cuba, “Diálogos sobre el destino”, de la miseria de nuestra clase dirigente.

domingo, 10 de noviembre de 2013

CÁTEDRA DE POLÍTICA PARA LECTORES INTELIGENTES
(11-10-13-5:05PM)

 

martes, 5 de noviembre de 2013

POR LOS FRENTES DE IBEROAMÉRICA:
MARTÍN FIERRO HOY
(11-5-13-5:10PM)
Por Alberto Buela 
Desde Salamanca, en 1894 don Miguel de Unamuno fue el primero de los grandes pensadores que se ocupó del Martín Fierro[1], el poema nacional de los argentinos (1872/79). Y en ese escrito liminar dedicado al “docto y discretísimo don Juan de Valera”, trae una estrofa del poema gauchesco que bien puede  servir de definición para la chata dirigencia política actual:
De los males que sufrimos,
Mucho hablan los puebleros,
Pero son como los teros
Para esconder sus niditos;
En un lado pegan los gritos,
Y en otro tienen los huevos.
Si hay algo que caracteriza a la dirigencia política contemporánea es el simulacro. Primero, con un discurso político que  enuncia un compromiso pero con el que nunca se compromete  y segundo, porque en el mejor de los casos solo administra los conflictos pero no los  resuelve.
Todo ello bajo la mascarada de defender los derechos de los más necesitados levantando la bandera de los derechos de tercera generación, cuando no se cumplen ni siquiera los derechos humanos de primera generación como lo son el derecho a la vida, la libertad,  el trabajo y la seguridad.
Así, esta dirigencia política habla mucho - clase discutidora la llamó Donoso Cortés: “de los males que sufrimos mucho hablan los puebleros”-  pero disimula sus intereses de clase o personales en ese mismo discurso – para esconder sus niditos en un lado pegan el grito y en otro ponen los huevos-. Así los niditos y sus huevos son sus verdaderos intereses que están muy bien ocultados en su discurso político.
El Martín Fierro representa figurativamente al pueblo argentino y lo que este pueblo sufrió después de la denominada dictadura de Rosas (1829-1852).
Los padecimientos del gaucho (el pueblo pobre) que comienzan con la caída “del dictador”, según el discurso político de entonces, son relatados por José Hernández en un poema épico de factura inspirada. Se produjo uno de los raros casos en que la inspiración supera la capacidad del poeta. O dicho de otra manera, el poema es superior a las cualidades naturales del poeta.
Se lo quiso imitar, plagiar, vilipendiar, censurar, silenciar pero siempre salió indemne. El Martín Fierro está ahí como un hecho irrecusable. Como el testimonio permanente de aquello que se debe hacer y no se debe hacer con el pueblo. Y en esto posee un valor universal pues es aplicable a toda latitud y gobierno político.
Pongamos por ejemplo, un caso conocido por todos los iberoamericanos, el de los dos últimos  gobiernos de España (Psoe y PP) cuyos dirigentes políticos han hablado mucho de los males que padece el pueblo español pero, por otro lado, aparecen los chanchullos, esto es, los niditos y los huevos, de esos mismos dirigentes.
Ahora bien, ésta que acabamos de hacer es la descripción de un fenómeno dado, pero ¿tiene el Martín Fierro alguna propuesta como para poder salir de tal estado de injusticia y opresión? Nosotros creemos que sí, aunque hay algunos ilustrados que afirman que no, como lo hace el ensayista Rodolfo Kusch, cuando afirma muy suelto de cuerpo: Fierro…no nos dice en qué consiste la redención argentina.” [2]
Martín Fierro explicita esta redención, esta liberación de los males que padece el gaucho (el pueblo) a tres niveles:
a) a nivel de propuesta cuando afirma:
"Es pobre en su orfandad
De la fortuna el desecho
Porque nadies toma a pecho
El defender a su raza;
Debe el gaucho tener casa,
Escuela, Iglesia y derechos."
b) en orden al método o camino a seguir:
"Más Dios ha de permitir
Que esto llegue a mejorar,
Pero se ha de recordar
Para hacer bien el trabajo,
Que el fuego pa calentar,
Debe ir siempre desde abajo "
c) a nivel de conducción:
"Y dejo rodar la bola,
Que algún día se ha de parar...
Tiene el gaucho que aguantar
Hasta que lo trague el hoyo,
O hasta que venga algún criollo
En esta tierra a mandar."
Estos tres niveles que destacamos marcan una línea clara y definida de los elementos que hay que tener en cuenta, necesariamente, para el buen gobierno:
a) las reivindicaciones que todo gobierno que se precie de justo, de cualquier latitud de la tierra, tiene que llevar a cabo para el “restablecimiento de la justicia” dándole a cada uno lo que le corresponde y al pueblo más pobre “casa, escuela, Iglesia y derechos”.
b) El origen último del poder debe nacer como el fuego siempre desde abajo. Esto va en primer lugar contra las tesis iluministas de que son los ilustrados los que saben gobernar. El sentido popular del Martín Fierro está acá presente pero no es un populismo bastardo que se reduce a “el pueblo siempre tiene razón”, sino que exige además que la voluntad de este pueblo sea como el fuego, pero  no el que quema, sino el que sirve para calentar. Reclama y caracteriza el poder como servicio.
c) Finalmente, se ocupa del conductor, del líder, del príncipe como decía los antiguos tratadistas. Y exige que éste tenga característica de criollo: O hasta que venga un criollo en esta tierra a mandar. Y acá tenemos que detenernos un poco, porque Martín Fierro no dice “un gaucho” sino “un criollo”.
Según nuestra información el primero que hiciera esta distinción fue Juan Carlos Neyra en un impecable, breve y profundo ensayo, no tenido en cuenta por la multitud de intelectuales cagatintas que han hablado sobre el Martín Fierro.  El concepto de gaucho implica una forma de vivir que necesariamente se da en el campo, en donde éste muestra todas sus habilidades camperas en el trabajo con la hacienda, todas sus pilchas, todas sus destrezas en juegos como el pato, la taba, la sortija y en danzas como el triunfo, el gato, la zamba, la cueca, la chacarera o el chamamé. En donde los silencios tienen sus sonidos y los trabajos sus tiempos en un madurar con las cosas, tan propio del tiempo americano.
¿Y lo criollo entonces? Criollo es aquel que interpreta al gaucho y lo criollo es un modo de sentir, una aproximación afectiva a lo gaucho. Es por  eso que el gaucho es necesariamente criollo pero un criollo, puede no ser gaucho. De allí que esos viejos camperos de antes decían: Nunca digas que sos gaucho, que los otros lo digan de vos.
Así,  pudo acertadamente escribir, este olvidado ensayista: Si gaucho es una forma de vivir, criollo es una forma de sentir” [3]
El gaucho de alguna manera ha ido lentamente desapareciendo porque su forma de vida y de trabajo ha ido cambiando, mientras que lo criollo determina el aspecto esencial de nuestro pueblo.
Esa forma de sentir lo gaucho es la mejor defensa frente a la colonización cultural y la que nos determina como pueblos originarios de América con sus arquetipos emblemáticos como lo fueron el gaucho, el montubio, el llanero, el cholo, el huaso, el ladino, el boricua, el charro, el pila, etc.
Nosotros que no somos ni tan europeos ni tan indios somos los verdaderos y genuinos “pueblos originarios” de América y no como pretende el llamado indigenismo, que quiere construir una identidad en contra, básicamente, de España, renunciando a lo que ya se es. ¿O acaso Evo Morales, Correa, Chávez o Rigoberta Menchú son indios? No, ellos son criollos que renunciando a lo que son, construyen un aparato ideológico para ser otra cosa.
Y esa “otra cosa” está al servicio de las iglesias evangélicas y mormonas norteamericanas o tiene sus oficinas en Londres como los pseudo mapuches del sur de Chile.
El hombre criollo que somos la inmensa mayoría los americanos que, cambiando lo que haya que cambiar, es como el tertius genus de San Pablo para definir a los cristianos que no son ni paganos y judíos (Gálatas, 3:28). Somos antropológicamente el producto más original que América ha dado al mundo. A ese carácter de “originales” no  podemos renunciar porque nos llevaría puestos a nosotros mismo transformándonos en “otra cosa”.
En cuanto a los indios, que también son inmigrantes en América, tienen sobre nosotros sólo la “originariedad”, la cualidad de haber llegado primeros, pero no la “originalidad” que es el carácter propio de nosotros los criollos respecto de todos los tipos humanos que pueblan el mundo. Esto es clave, si no se lo entiende, le pasa como a aquel paisano: Que hombre que sabe cosas, el hombre de este albardón, que hombre que sabe cosas, pero cosas que no son.
Vimos como el Martín Fierro puede leerse en clave política como un proyecto nacional donde, como dijo alguna vez el peronismo, hay una sola clase de hombre: el trabajador. Que en el caso del poema épico argentino-americano es el gaucho, y así lo dice sin ambages ni tapujos:
 Soy gaucho, y entiendanló
Como mi lengua lo explica:
Para mí la tierra es chica
Y pudiera ser mayor;
Ni la víbora me pica
Ni quema mi frente el sol.

[1] Cabe recordar que el Martín Fierro fue denigrado por toda la intelectualidad argentina de la época y que el primero en reivindicarlo fue el boliviano Pablo Subieta en 1881 con cinco notas aparecidas en el diario Las Provincias donde afirmaba que: “El Martín Fierro más que una colección de cantos populares es un estudio profundo de filosofía moral y social. El MF no es un hombre, es una raza es un pueblo”.
[2] La negación en el pensamiento popular, Buenos Aires, ed. Cimarrón, 1975, p. 108
[3] Neyra, Juan Carlos: Introducción criolla al Martín Fierro, ed. Huemul, 1979, p.22.-

sábado, 2 de noviembre de 2013

CÁTEDRA PARA LECTORES INTELIGENTES

CUÁL ES EL FUNDAMENTO HISTÓRICO DE LOS SINDICATOS

(11-1-13-4:50PM)
Por Alberto Buela (*) 
(Todas las ilustraciones han sido agregadas por Nuevo Acción)
Mucho se ha escrito sobre el origen de los sindicatos y la inmensa mayoría de los autores los hace derivar de las organizaciones de gremios de la edad media. Organizaciones que fueron suprimidas por la Revolución Francesa con la ley de Le Chapellier de 1791 que decía:
Art 1. El desmantelamiento de toda clase de corporaciones de ciudadanos del mismo oficio y profesión es una de las bases fundamentales de la Constitución Francesa, y se prohíbe totalmente volver a crearlas bajo cualquier forma.
Art 2. Los ciudadanos del mismo oficio o profesión, empresarios, comerciantes, artesanos, obreros y artesanos de cualquier ramo, no pueden, cuando están juntos, nombrar presidente, secretario o síndico, llevar registros, promulgar estatutos u ordenanzas ni tomar decisiones, ni imponer normas en su interés común.
Esta ley fue derogada por la ley Ollivier de 1864 que abolió el delito de asociación. A partir de esta última ley o quizás un poco antes comienzan a crearse los sindicatos tal como hoy existen.
Pero el asunto que queremos tratar en este trabajo es cómo surgieron, cómo funcionaron y que significación tuvieron los gremios en la edad media y si tuvieron o tienen alguna significación o vigencia contemporánea.
El tema tiene dos aspectos que debemos distinguir: los gremios en su realidad histórica y la teoría de los cuerpos intermedios.
Para hablar de los gremios, y en general de los cuerpos intermedios, tenemos que remontarnos a la decadencia y caída del Imperio Romano de Occidente.
La decadencia del Imperio Romano comienza en el 395 cuando a la muerte del emperador Teodocio sus hijos se lo reparten en dos: el de Oriente que tuvo como emperador a Arcadio y el de Occidente a Honorio. La caída del Imperio Romano de Occidente se produce en el año 476 cuando Odoacro, jefe de los hérulos, banda de germanos al servicio del Imperio, destituyó en Roma al joven emperador Rómulo Augústulo, de siete años, y se hizo proclamar rey de Italia por su ejército. Como el Imperio fue un Estado centralizado y unitario durante siglos, su caída produjo en el continente europeo un vacío enorme tanto de poder como de representación. Fue un golpe tremendo que sufrió la conciencia europea con la caída del Imperio que incluso grandes filósofos como San Agustín de Hipona (hoy Túnez) vio en ella la proximidad del fin del mundo.
Es que la vida en el Imperio estaba organizada hasta en sus mínimos detalles desde arriba hacia abajo. Y todos los aspectos de la industria y el trabajo pertenecían y eran contralados por una burocracia gigantesca cuyo jefe era el Emperador. Si bien el concepto de Estado es una idea moderna que  nace como entidad superior (soberana) para evitar las interminables guerras de religión entre católicos y protestantes, podemos considerar al Imperio como el Estado romano que se constituye en un absoluto para la organización de la vida y la lucha contra la barbarie. No es extraño entonces, que esta organización estatal unitaria realizada desde arriba hacia abajo haya sido exaltada por el fascismo en el siglo XX.
La cristianización del continente europeo comienza oficialmente con la conversión del emperador Constantino y el Edicto de Milán del año 313 que prohíbe la persecución por parte de las autoridades imperiales  a los cristianos con lo cual el cristianismo se extiende como una marea por toda Europa. Con la desaparición del Estado central romano, que había llegado a legislar hasta los detalles más mínimos de la vida social y económica, los hombres, en esa bastedad inmensa que cubría el Imperio Romano, tuvieron forzosamente que comenzar a gobernarse a sí mismos.
Se produce, entonces, a partir de la caída del Imperio Romano, en tanto Estado centralizado, unitario y militar, con el vacío político y de representación que deja, la creación de instituciones autónomas y libres en la edad media, dentro de las cuales se destacan: el gremio y el municipio.
Como no existía la idea de un Estado como ocurre hoy, ni tenían un sentimiento de fuerte nacionalidad, su referencia era la idea de Cristiandad, es decir, la organización social de la vida al modo cristiano. Y esta organización la veían realizada de alguna manera en las órdenes religiosas. Lo que existía políticamente eran reinos, pero que al ser débiles, derivaron en feudos. Y estos feudos se centraban en el castillo de un señor feudal alrededor del cual se formaban las aldeas de campesinos y siervos de la gleba, quienes a cambio de protección entregaban gran parte de su trabajo al señor feudal, bajo el principio de protego ergo obligo.
En este contexto histórico nacen los municipios, en tanto, organización de las familias en las  aldeas y los gremios en tanto organización de los trabajadores artesanos. Nunca se insistirá bastante en resaltar que ningún Estado regaló a los trabajadores su forma de organización laboral sino que fueron ellos mismos quienes se la crearon. Estos artesanos de la Alta Edad Media, seguramente inspirados en lo que tenían a la vista que eran las organizaciones monásticas, fueron los que crearon de la nada sus propios gremios.
Este tipo de organización social y profesional de la vida económica donde se vinculaban todos los aspectos de la existencia cotidiana  transformó a Europa en el motor del mundo al menos hasta el surgimiento de las monarquías absolutas que anularon los fueros ganados por los trabajadores. Este es el primer gran golpe que reciben los gremios, fueros, municipios y universidades: la apropiación por parte del poder central.
Las monarquías absolutas donde “el rey es la ley”,  se caracterizaron por no tener ningún freno como la división de poderes de las monarquías constitucionales posteriores o la necesidad del rey de dialogar y pactar con la comunidad (municipios, gremios, universidades, señores feudales) del régimen anterior.
Todo este largo período que va desde la caída del Imperio Romano hasta el surgimiento de las monarquías absolutas al final de la edad media ha sido muy mal estudiado, puesto que se lo hizo siempre desde un prejuicio y preconcepto anticatólico como el de la modernidad ilustrada, quien fue la que escribió la historia de la edad media. Nosotros todos hemos recibido hasta finales del siglo XX, que es cuando aparece toda una serie de historiadores (Furet, Chaunu, le Goff, Cardini, Huizinga, Pirenne, Kantorovich, Flori, Duby, Dumézil et alii), la versión de la Ilustración sobre ese largo período de la historia. Y es muy difícil revertir una visión y versión repetida hasta el cansancio por más de doscientos años.
Por supuesto que este prejuicio se extiende a la valoración negativa de las instituciones de dicho período como lo son el municipio como unión de familias y los gremios como unión de los trabajadores. En el caso de las universidades, se desnaturalizó su esencia y en lugar se pensarlas formando parte de su comunidad, se las transformó en entidades neutras y autónomas, distantes de todo compromiso comunitario y en manos del poder central.
Visto el origen y significación de los gremios hasta su prohibición por la Revolución Francesa, corresponde ahora analizar la teoría de los cuerpos intermedios que les da sustento y vigencia hoy día.
A mediados del siglo XIX comienzan a producirse en Europa manifestaciones sociales de todo tipo disconformes con el orden social y político vigente, que fue el período de mayor explotación del hombre como obrero. El denominado “capitalismo manchesteriano” significa dos cosas: el mayor enriquecimiento de Inglaterra y la época más ruin y nefasta para los trabajadores y asalariados.
En este caldo de cultivo nace el marxismo y ofrece su propuesta de la sociedad comunista de los productores asociados; el liberalismo conforme con ese estado de cosas quiere seguir organizado la sociedad a través de la ley de acero de la oferta y la demanda, mientras que el catolicismo, a través de sus pensadores sociales: Villeneuve-Bargemont, la Tour du Pin (Foto), Alberto de Mun, von Vogelsang, Sardá y Salvany, enuncia la teoría de los cuerpos intermedios que tendrá su máxima expresión en la encíclica Rerum Novarum de León XIII en 1891.
Esta teoría sostiene, en contra de la opinión ilustrada y liberal que niega los cuerpos intermedios, que entre el Estado y el individuo existen y tienen que existir organizaciones intermedias que son las que representan sus verdaderos y legítimos intereses. Que la modificación para mejorar el orden social se puede llevar a cabo a través de la multiplicación de cuerpos intermedios. Que “la evolución de la técnica y la industria, lejos de debilitar la teoría de los cuerpos intermedios, la vuelve aún más factible. Renueva su fecundidad para todo lo que los descubrimientos modernos permiten poner en práctica”[1]
Estos cuerpos intermedios, denominados por el peronismo “organizaciones libres del pueblo”, tienen que mantener una cierta neutralidad política, pues no todos sus miembros piensan de la misma manera. Sin embargo, esta teoría sufrió una evolución notable y así observamos como en la encíclica Laborem excercen del Papa Juan Pablo II, cien años después, amplía el campo de representación de los gremios a los derechos políticos e incluso existenciales de los trabajadores.
Esta teoría de los cuerpos intermedios quiere recuperar el sano equilibrio entre el capital y el trabajo. Y lograr la representación genuina de los trabajadores, pues son los que, de facto, preservan los vínculos sociales del cuerpo político. Así como antiguamente eran los estamentos sociales que limitaban el poder absoluto de los reyes, hoy limitan el poder del “totalitarismo dulce” de los gobiernos progresistas. Es obvio que estos cuerpos intermedios hoy no se limitan a los sindicatos y municipios sino que se extienden también a las asociaciones y colegios profesionales, a las cámaras empresariales y de comercio, a los medios de información y a todos los que intermedian entre la sociedad civil y el poder político.
El Estado moderno (ley de Chapellier y otras semejantes) le robó a la sociedad una de sus máximas creaciones para la mejor vida pública: los cuerpos intermedios. El Estado de bienestar intentó una modificación (el primer peronismo propuso la creación y multiplicación de lo que él denominó: organizaciones libres del pueblo). Mientras que el Estado postmoderno o progresista de hoy día, prefiere su anulación y reemplazo por las fuerzas inorgánicas de las manifestaciones populares sin estructura ni contenido (los grupos piqueteros, los sin tierra, los indignados et alii).  
Esta teoría de los cuerpos intermedios es el meollo, el núcleo duro de la doctrina social de la Iglesia. Doctrina que en muchos aspectos es cambiante según las necesidades y nuevas demandas de los tiempos, pero que se apoya en algunos principios invariables: el de la libertad de la persona, el de la libertad de asociación, el de la subsidiariedad, el de la solidaridad y el de finalidad o  bien común general.
El hombre como persona es un ser libre y por lo tanto responsable de sus actos, que tiene todo el derecho de asociarse con otros para la defensa de sus intereses. Y debe actuar por sí hasta donde le sea posible y permitido sin reclamar la ayuda de otros. Los problemas, los debe resolver la autoridad más próxima al problema. Así los padres no deben asumir las responsabilidades de sus hijos siempre que ellos tengan la madurez de necesaria para asumirlas, pero en caso que una persona, asociación o institución no contara con la fuerza suficiente de ejecución, la persona, asociación o institución superior debe concurrir en su ayuda. Esto produce una soldadura, una unidad social, una solidaridad, que permite el logro del bien común general como finalidad del gobierno político.
En el fondo, este brevísimo párrafo quiere sintetizar la doctrina social católica, que encuentra su fundamento en la reductio ad unum: una finalidad, una patria, una familia, un Estado nación. Pero que al mismo tiempo exprese la diversidad y la pluralidad de posturas y valores propios de los hombres que la constituyen. Es por eso que su lema ha sido desde siempre: buscar la unidad en la diversidad.
Hoy el Estado progresista y postmoderno a través de la falsa teoría del multiculturalismo entiende ese pluralismo al revés, pues lo entiende como la quiebra de la unidad. Hoy ya no somos entendidos como un crisol de razas que viven e intentan la construcción de un proyecto común de nación sino que propone que seamos entendidos como “muchas culturas separadas”. Por eso se llega al colmo del desatino en Bolivia al crear un Estado plurinacional con 36 naciones. Donde se diluye el poco espesor que tenía el enclenque Estado nacional boliviano (Bolivia es un Estado imposible. Juan Bautista Alberdi 1845) en un disparate político, cultural, histórico, religioso, económico y social.
Queda todavía un aspecto para estudiar y es el de la representación política de los cuerpos intermedios. Y este es un tema tabú dentro de la politología o el derecho político, pues cada vez que se lo encara, inmediatamente surge el grito desesperado de: fascista…fascista.
Sin embargo a partir de 1970, se viene desarrollando en los países capitalistas avanzados, como sostiene el eminente politólogo Gonzalo Fernández de la Mora, esta corriente de pensamiento. Sus portavoces más destacados son P.C. Schmitter y G. Lembruch, cuya preocupación fundamental es insertar dentro del esquema contemporáneo de partitocracia el aporte decisivo de la “acción concertada” entre sindicatos y patronales, con eventual presencia gubernamental [2].
Así, ante un posible poder compartido, los partidarios de la partidocracia desplazan o alojan a los representantes de las organizaciones sociales (sindicatos, cámaras, cooperativas, asociaciones sociales, etc.) en un Consejo Económico y Social, simplemente consultivo, para   neutralizarlos y conservar el poder efectivo de las instituciones políticas que controlan.
Hoy son muchos desde el campo social los que piden la reinstauración de los mencionados Consejos, pero sin darse cuenta que mientras sigan siendo instituciones, meramente consultivas o preceptivas, de poco y nada le sirven a la sociedad y al mundo del trabajo.
La Constitución peronista  del Chaco de 1951 planteó, aún sin decirlo, la clara y distintiva separación entre el corporativismo de Estado, típica del fascismo, y el cooperativismo de comunidad, idea medular del peronismo, en tanto teoría política. Es más, el Justicialismo nunca habló de corporativismo, ni de cuerpos intermedios, al estilo de Roberto Michels, Mosca o Creuzet, sino de “organizaciones libres del pueblo”. Esto es, creadas libremente por el pueblo, de abajo hacia arriba, sin intervención del Estado. Éste bajo el principio de “la suficiente representatividad” del Decreto-Ley 23.852 del 2 de Octubre de 1945, estableció “las condiciones de posibilidad” de las organizaciones profesionales; pero no su creación que quedó siempre en mano de los trabajadores y del pueblo en su conjunto, según sus intereses y necesidades.
Estos antecedentes teóricos, y muchos más que desconocemos, nos han hecho proponer la realización de un congreso nacional e internacional sobre este tema específico donde se planteen, estrictamente, las posibilidades concretas de instauración de un sistema alternativo al partidocrático actual, que pueda recortar el monopolio de la representación que ejercen las oligarquías partidarias. Hoy los partidos políticos están compuestos por oligarquías partidarias que ser reciclan a sí mismas.
(*) Arkegueta, aprendiz constante