
Hay también una especie de venganza y una malsana osadía entre aquellos que visualizan su papel en la historia vinculado a una especie de función mesiánica, cuando la verdadera grandeza radica en entender que la capacidad de los hombres está por encima de cualquier gestión personal. Nadie es eterno, tampoco indispensable y aún menos insustituible. Cuando los que así lo creen hayan desaparecido, la humanidad y quienes la conforman seguirán haciéndose presentes y los hombres alzaran el índice acusador para apuntar hacia quienes trataron de cancelar su gestión e ignorar su valía.
No es casual que entre otras cosas los tiranos, personificación de lo eterno y lo perfecto por mandato divino, no suelan creer en derechos humanos; ellos dan a todos la mejor oportunidad de vivir: la de permanecer en la creencia de que antes de ellos no hubo nada y después de ellos “el diluvio”, como espetó el abate Sieyes en la Convención francesa a la sombra de las polémicas entre Girondinos y Jacobinos en los años candentes de la Guillotina y la Revolución de 1789.
Ahora debemos rendir pleitesía a la gestión de un par de ancianos que se nos presentan hablando de no se sabe exactamente qué, mientras se especula sobre lo que pueden decirse y que en ningún caso y de ninguna manera debe merecer crédito. Estas personas han tenido su tiempo, inclusive históricamente, y mal que bien no lo emplearon de manera muy atinada; creo, en consecuencia, que ya el futuro no está de su parte, por lo cual pensar en la posibilidad de validar su gestión es un grave error.Consecuentemente tengo que afirmar que, visualizar de manera reiterada y petulante a estos no muy dilectos ancianos creando espacio para su pretendida experiencia me produce una casi automática repulsión y un, al menos para mí, justificado rechazo. Lo siento, pero ninguno de estos señores tiene nada que decirme.














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