DE LOS ARCHIVOS DE NUEVO
ACCIÓN
(8-15-11-10:30AM)
CRÓNICAS DEL ARCHIPIÉLAGO
Por Aldo Rosado-Tuero
UN KILO PARA “MILLO”(Relato del libro en preparación del autor "Crónicas del
Archipiélago")
Antes que todo
hay que explicar que en Cuba, kilo no es una medida de peso, sino el equivalente
a una centésima parte de un peso. Un centavo. Extraña costumbre que ha traído
algunos problemas a los cubanos, cuando empezaron a desperdigarse por el mundo,
después de la implantación de la férrea tiranía de Fidel Castro. Unos obligados
por las circunstancias, otros huyendo para salvar sus vidas, una minoría con la
esperanza de regresar luchando por devolverle a La Perla de Las Antillas las
libertades conculcadas y últimamente una gran parte en busca de mejorar
económicamente sus vidas. Sobre esto, me contaron una anécdota de una familia
cubana que se asiló en España y fueron a dar a una pequeña aldea castellana. Una
mañana la madre decidió cocinar unos buenos garbanzos y entregó a su hijo (un
chamaco de unos 13 años) un real (diez centavos) para que fuera a la tienda más
cercana a buscar un pedacito de tocino para añadirlo al potaje. El muchacho
llegó al mostrador y muy campante le pidió al dependiente: “dame diez kilos de
tocino”. El dependiente lo miró extrañado: “Crío, ¿estás seguro que quieres diez
kilos de tocino?” y ante la afirmativa del muchacho empezó a poner pencas y más
pencas de tocino sobre la báscula. Cuando iba por la séptima penca, el cubanito
con los ojos desorbitados exclamó asombrado: “¡Coñooo, que barato está el tocino
en España!”.
Pero esta
crónica no tiene nada que ver con garbanzos, ni tocinos y sí mucho con la
libertad y la disposición de nuestro pueblo de conseguirla. Corría la década de
los cincuenta del siglo pasado. Fulgencio Batista se había adueñado del poder
mediante un golpe de estado efectuado 80 días antes de unas elecciones en que
se debía haber elegido al sustituto del Presidente Carlos Prío Socarrás. Batista
quería conservar el poder ilegítimamente adquirido, pero al mismo tiempo
aspiraba a crearse una imagen de demócrata, lo que lo llevó a implantar lo que
los cubanos dimos en llamar una dictablanda. Apretaba con una mano y aflojaba
con la otra. Los opositores iban a la cárcel por breves días y con condenas
mínimas y algunas hasta ridículas, si las comparamos con las severas e inhumanas
de la tiranía que lo siguió.
Cuba es tierra
de políticos. Y como es natural ha dado muchos políticos corruptos. Pero también
cuenta con una pléyade de políticos honestos, que son ejemplo para el Continente
y para las generaciones futuras. Aves que cruzaron el pantano sin manchar su
plumaje. Entre éstos sobresale la figura de Emilio “Millo” Ochoa . Un hombre,
honrado, honesto y sencillo hasta lo increíble. Combatiente contra todas las
dictaduras. Crítico a todos los excesos. Opositor incansable de los
malversadores. Consecuente con lo que siempre predicó. Fundador del Partido
Revolucionario Cubano (Auténtico), desdeñó las sinecuras del poder, cuando sus
viejos compañeros de partido llegaron al gobierno y él consideró que se habían
tergiversado los ideales por los que había luchado su partido. Fundó “La
Ortodoxia Auténtica”, una corriente de la que nacería El Partido del Pueblo
Cubano (Ortodoxo) y desinteresadamente entregaría la jefatura del Partido a
Eduardo R. Chibás. Muerto Chibás, por méritos le correspondía la nominación a la
candidatura presidencial ortodoxa, pero la declina a favor de la del Dr. Roberto
Agramonte.
Producido el 10
de Marzo, Millo está en la primera línea de la resistencia. Los tribunales de
Urgencia, creados por el Gobierno, comienzan a disparar condenas con la
intención de amedrentar a los opositores, y como es de esperar a Millo lo
condenan y lo mandan a la cárcel. Por una nimiedad. Algo que ni siquiera
recuerdo claramente. Cuba entera se estremece. La acusación es tan tonta que
sólo se atreven a condenarlo a unos días de reclusión que puede evitar con el
pago de una multa. Millo se niega terminantemente a abonar el dinero. Es
cuestión de principios, no de plata. Prefiere la cárcel antes que admitir que
los tribunales del gobierno tengan razón.
Pero los
simpatizantes de la Ortodoxia, los opositores al gobierno y hasta los
independientes y los inevitables “ni fú ni fá” (los que no están con nadie y nos
les interesan los avatares de la política) esta vez se unen en un unánime
clamor popular. ¡Libertad para Millo! A alguien- no he podido encontrar a nadie
que pueda recordar con seguridad al autor de la iniciativa- lanza la idea
iniciar una campaña a escala nacional para que sea el pueblo quien pague la
multa de Millo, y para que no haya duda, se acuerda de que no se acepten
donaciones mayores de un centavo (un kilo). Yo era un chamaco, pero seguía con
mucha atención los acontecimientos políticos de mi patria y simpatizaba con los
ortodoxos. Como es natural el entusiasmo me ganó y enseguida decidí convertirme
en un recaudador de kilos para la fianza del líder ortodoxo. Salí, casa por
casa. Primero de mi cuadra, después me fui extendiendo en el territorio y para
mi sorpresa, todo el mundo, sin una excepción me daba su kilo prieto. Al llegar
a la carnicería (casilla se les llamaba en Cuba en aquella época) de Jorge
Barrios, ya no tenía donde echar más kilos prietos. Tenía los bolsillos
abultados y dos cartuchos que me había regalado Antonio Díaz, en su bodega
Pueblo Nuevo, estaban ya al reventar. En la carnicería todos los clientes me
echaban sus kilos. Tremendo dilema el que se me presentaba. No tenía donde echar
ni un kilo prieto más y además ¿como carajo iba yo a llevar aquella montaña de
centavos a las oficinas locales del Partido del Pueblo Cubano “Ortodoxos”?
Dubitativo salí
a la acera de la carnicería a refrescar “el coco”, en busca de una idea o de
encontrar ayuda. Miré hacia la casa de “Chichonera” el chofer de alquiler, pero
su carro no estaba allí. ¿Cómo demonios iba a cargar yo con todos esos
pedacitos de cobre, amén de que en mis planes estaba el seguir recogiendo a lo
larga de la calle Jiménez, en el camino de las Oficinas de las huestes ortodoxas?
El bombillo se me encendió cuando me di cuenta de que en la acera de enfrente,
en la casa de Manolito “el pájaro”, nombrete con que todo el mundo conocía en el
barrio al buenazo y servicial Manolito Arriola, se estaban haciendo unas
reparaciones y había una carretilla de ruedas de goma de las llamadas “vagones”,
de las que se usan para cargar concreto. Ni corto ni perezoso, abordé a
Manolito para que me prestara la carretilla por unas horas. El servicial
Manolito, me la prestó con la condición de que se la devolviera antes de que
llegara en la tarde el “viejo Perera”, su “buga” que trabajaba en los muelles.
Tomé la
carretilla, volví con ella a la carnicería, eché todos los kilos que tenía en
ese momento y arranqué por la calle Quinta hacía Jiménez, haciendo paradas para
tocar a las puertas. Pero alguien había corrido la bola y ya la gente me estaba
esperando a las puertas de su casa con un puñado de monedas de a centavo en sus
manos. Al llegar a la calle Luz Caballero, ya me acompañaba una legión de
chiquillos del barrio, que divertidos y bulliciosamente se encargaban de recoger
las donaciones y traerlas hasta la carretilla. Tuve que ponerme duro al pasar
frente a la tienda de Virula, pues algunos de los "mataperros" que me seguían
como un enjambre, quisieron apoderarse de unos kilos para comprar duros fríos
de chocolate de los que hacía Virula (los más ricos que me he comido nunca en mi
vida, superiores hasta a los helados italianos o gelatos que me como actualmente
y que cuestan 4 dólares la barquilla) que se vendían precisamente a un kilo cada
uno.
Aquel recorrido
fue de “ampanga”. Cada vez la carretilla pesaba más y cada vez me acompañaban
más “mataperros”.
Al llegar a las
oficinas del Partido, el que estaba partido por la cintura era yo. Gonzalo
Barroso, recibió “la ofrenda” a nombre del ejecutivo municipal del PPC. Me dio
un abrazo y me espetó el lema del Partido “Vergüenza Contra Dinero”.
Nunca supe el
monto de lo que logré recaudar, pero sí me enteré que Millo salió libre a los
dos días.
Y hoy, que mi
tierra vive aherrojada por una siniestra tiranía que ya dura 50 años—¡coño,
medio siglo!—yo me pregunto: ¿Que le pasaría hoy a un “vejigo” que en su
pequeño pueblo natal, se dedicara a recaudar dinero públicamente para rescatar
de las cárceles castristas a un preso político? (publicado en la edición del
7-30-2008)
0 comments
Publicar un comentario